Nicaragua

El futuro que ya conocemos: la Nicaragua con Ortega

Como un ejercicio de la imaginación pensemos por un momento si tal como Ortega espera, la ley para castigar los “crímenes de odio” es aprobada por su Asamblea Nacional, ya nuestro futuro no estará determinado solamente por las amenazantes camionetas llenas de policías en cada punto estratégico de las principales ciudades del país, por las confiscaciones por reparos imaginarios, o por impuestos que se deben al fisco por utilidades que solo se lograron en la cabeza de voraces abogados. Tampoco será solamente tener que tragarnos con la cabeza baja los lentos y anacrónicos discursos del dictador cuando se le ocurre salir a regañarnos, o la encendida verborrea diaria de la vice dictadora. O bien tener que aceptar las cifras de muertos por pandemias que a ellos se les ocurre decretar y tantas arbitrariedades que hemos tenido que soportar en este desgobierno de Ortega Murillo.

No, no será solo eso. Ahora, además, tendremos que resignarnos a vivir en una enorme cárcel, en la que la menor señal de protesta será castigada con cadena perpetua. Una bandera azul y blanco, una pinta, un grito de protesta, una noticia que no les guste a los dictadores, cualquier situación que el régimen decida que puede ser amenazante, será objeto de castigo y no con cualquier condena, sino con cadena perpetua. Y menos mal que el mundo no acepta la pena de muerte, ya que, si es por su voluntad, también la merecemos, los muertos que carga el régimen a sus espaldas, los más de 300 desde abril 2018 y los cientos o miles de campesinos son testigos mudos de esa voluntad.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué hemos llegado a este extremo? Podemos encontrar un montón de culpables o no encontrar ninguno, pero no se trata de eso. Más bien me parece que lo importante es reconocer que no se puede vivir así, que el miedo no es un estado en el que merezcamos vivir, que el terror que quiere imponer el régimen no es sostenible.

Lo que parece claro es que el régimen está elevando su apuesta represiva. Será que su afán de enfrentarse a un duro como Trump en Estados Unidos lo lleva a asumir posiciones más duras también. Pero al mismo tiempo está revelando cada día con más claridad su crueldad y esta amenaza de cadena perpetua no puede pasar desapercibida para los y las nicaragüenses cuyo espíritu rebelde es harto conocido.

No creo que a Ortega le favorezca endurecer posiciones, si los que le aconsejaron el “Vamos con todo” en abril de 2018 le quitaron una buena parte de sus simpatizantes, estoy segura que una ley como esta, le quitará otro poco. Talvez piensa que puede manejarse como Maduro con un 13 % del electorado a su favor, pero con las fuerzas armadas de su lado y listas a apoyarle.

O será que, en su afán de parecerse cada vez más a Somoza, estaría aplicando las 3 P que se le atribuyen a Somoza García: “Plata para los amigos, palo para los indiferentes, plomo para los enemigos”. O estará imitando a Francisco Franco, el dictador español, quien, en palabras de la académica Soledad Loaeza, sus enemigos políticos solamente tenían tres opciones: “entierro, encierro o destierro”.

Está claro que una contienda electoral en ese ambiente no le favorece, puesto que no podrá engañar a nadie y salvo aquellos que no conciben la vida sin los beneficios de un carnet del partido o que están haciendo grandes ganancias con lo poco que queda del país, la mayoría buscará otras opciones.

Y aquí me parece que está la clave, seguramente estará buscando como eliminar las elecciones, recurriendo a las argucias constitucionales de las que ha hecho uso en otras ocasiones. Y si no puede, seguirá buscando cómo dividir a la oposición, con su conocida maestría en sembrar cizaña y discordia. Estará en manos de la ciudadanía que esto no suceda, estará en el trabajo de los grupos organizados que no se salga con la suya.

Si no logramos la unidad de la oposición para ponerle trabas a los deseos de Ortega, el futuro es muy claro, nos espera la cárcel, el cementerio o el exilio a los pocos que puedan. Me pregunto si a lo que aspiramos es a esa inmensa cárcel que nos ofrece Ortega o más bien, siguen siendo válidas las aspiraciones de libertad que tantas veces hemos proclamado los nicaragüenses. Apuesto por esta última opción y confío en que seremos lo suficientemente sensatos para lograrlo.

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