Nicaragua

¡Golpe de Estado en Chile! ¡Ya lo sabíamos!

I

Con la tendencia histórica de hacer prevalecer la razón de Estado, los funcionarios estadounidenses tuvieron que esperar cincuenta años (Nov.1970-Nov.2020), para reconocer lo que ya sabíamos: que habían asestado un Golpe de Estado al presidente Salvador Allende. Un recurso para apaciguar su mala conciencia. Tuvieron que esperar años para sacarse la espina. En ocasiones hasta sienten necesidad de brindar excusas, como ocurrió con Guatemala durante la administración de Barack Obama. Después de haber convertido a los prisioneros en conejillos de indias, infectándoles con enfermedades venéreas (gonorrea y sífilis), para probar la eficacia de la penicilina, el gobernante estadounidense sintió que había llegado la hora de pedir disculpas. Los documentos que dan cuenta de sus tropelías en Chile fueron desclasificados a medias.

La asunción a la presidentencia de un dirigente socialista por la vía electoral, fue algo inesperado para los halcones de la Casa Blanca. Imagínense la catadura de la que estaban hechos que el presidente Richard Nixon, envío a sus compinches a espiar la mísmisima sede del Partido Demócrata. El escándalo del Watergate todavía permanece en la memoria de los estadounidense. Los reporteros de The Washington Post desnudaron su infamia. Eran tantos sus muertes y daños por los alrededores que al lobo de Gubia le costó el cargo. Ni siquiera en casa se comportaba. Aunque para ser fiel a la verdad debemos reconocer que esta ha sido una conducta muy parecida entre algunos ocupantes de la primera magistratura en Estados Unidos. Creen que es menos costoso operar en la sombra. Algo que a la postre siempre se revierte.

El involucramiento directo en el derrocamiento de Allende, indica que ni siquiera contemporizaban con políticos que ascedían a la presidencia por el camino de los urnas, si estos no se plegaban a sus dictados. El pueblo chileno creyó que lo más conveniente para su futuro era elegir a Allende. Pocos les importó violar un principio elemental democrático. A la cúpula estaounidense poco importó que hubiese ganado limpiamente las elecciones. Allende podía convertirse en ejemplo más allá del continente americano. La trilogía conformada por Richard Nixon, Henry Kissinger y Richard Helms, se confabularon para derrocarle. Kissinger, asesor de Seguridad Nacional, alegó ante Nixon, que de seguir Allende en la presidencia, “Chile podría terminar siendo el peor fracaso de nuestra Administración: ‘nuestra Cuba’ en 1972”.

La oposición gubernamental a los movimientos revolucionarios se hizo extensiva al campo electoral. En América Latina habían instalado dictadores militares que respondían a los lineamientos de Washsington. Si nos atenemos a la respuesta que brindó el presidente Franklin D. Roosevelt, cuando objetaron al general Anastasio Somoza García —“Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”— tenemos claro de que lado inclinan la balanza. El caso chileno resulta paradigmático. Muestra su venia por aquellos mandatarios atentos a ceñirse a sus designios. No importa que para lograrlo tengan que hacerlo sobre una pila de muertos. Kissinger remató su juicio expresando: “Lo que suceda en Chile durante los próximos seis a 12 meses tendrá ramificaciones que irán mucho más allá de las relaciones entre Estados Unidos y Chile”.

La política de desclasificación de documentos —aunque siempre dejan ocultas partes sustanciales de los mismos— permite ratificar lo que era vox populi entre nuestros pueblos. En la actuación de Nixon y sus halcones, como en la actitud posterior de Barack Obama, dejan explícito que las acciones encubiertas forman parte de la política exterior de Estados Unidos en su relación con gobernantes que no gustan a su paladar. Injerencia y hostilidad. Los documentos desclasificados son contundentes. En la reunión sostenida el 6 de noviembre de 1970, los miembros del Consejo Nacional de Seguridad, solo tenían diferencias formales sobre cómo deberían de proceder para deponer a Allende. En el fondo coincidían y estaban coludidos. En política, la forma es al fondo, funcionan entrelazados. Son inseparables.

En la tercia que se presentó durante la reunión, Kissinger llevaba ventaja. Un día antes del cónclave había convencido a Nixon de actuar con mano de fierro ante el desafío que presentaba Allende en Chile. En la operación desestabilizadora, William Rogers, se inclinó por acciones solapadas. Ponderó, “Podemos derribarlo, tal vez, sin ser contraproducentes”. Mientras que el secretario de Defensa, Melvin Laird, haciendo eco de la posición del asesor de Seguridad Nacional, manifestó, “Tenemos que hacer todo lo que podamos para dañarlo y derribarlo”. Jamás se plantearon otra opción. El destino del Gobierno de la Unidad Popular estaba sellado. El director de la CIA, Richard Helms, añadió gasolina al fuego. Ironías de la vida, juzgó que el gabinete de Allende era de línea dura. ¡Vean quien lo dice! ¡Un halcón dispuesto a propinar zarpazos!

II

Para los integrantes del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, las medidas llevadas adelante por los barbudos en la isla caribeña, eran un incordio clavado a solo noventa millas de Florida. El primero en sentirse incómodo fue el general Dwight Eisenhower. Se encargó de hacer los preparativos para la invasión de Playa Girón (1961), ejecutada por John F. Kennedy, con la participación del presidente de Nicaragua, Luis A. Somoza Debayle. Las conquistas de la revolución cubana fueron determinantes para que Kennedy crease un programa de ayuda para América Latina, denominado como Alianza para el Progreso. Los gobernantes de estos países iniciaron igualmente un remedo de Reforma Agraria. Sin el acontecimiento histórico de la revolución cubana el inmovilismo político hubiese seguido inalterable.

Allende había hecho pública su política exterior, en una larga entrevista brindada a Régis Dabray, recién salido de la cárcel de Camiri, en Bolivia. Para entonces el francés era una personalidad destacada en el ámbito de la intelectualidad mundial. Se había mostrado favorable a las tesis del Che con su libro Revolución en la Revolución. Quiso integrarse a la guerrilla boliviana, el Che no lo aceptó. A finales de 1970 ya libre, decidió conocer de cerca la experiencia chilena. La entrevista fue publicada en 1971 en forma de libro por la prestigiosa editorial Siglo XXI de Argentina. Allende plantea y defiende la denominada “vía chilena”. Exalta el carácter pacífico de los cambios que va a realizar y decide llamarla “una revolución con empanadas y vino tinto”. El empecinamiento estadounidense demostró que eran reacios a todo cambio.

La Guerra Fría fue una de las épocas más calientes en el ámbito latinoamericano, asiático y africano. Con excepción de México, en el resto de continente americano las dictaduras militares sembraban angustia, dolor y muerte. Con lo ocurrido en Chile el 11 de septiembre de 1973, Estados Unidos ratificó no estar dispuesto a congeniar con nadie que no fuera afín a su política. Los distintos ensayos por desplazar la hegemonía de los militares latinoamericanos por vía del voto resultaron fallidas. Se mantenían en el poder mediante acciones fraudulentas. Una de las revelaciones más importantes hechas por Allende a Debray, fue que del futuro de la experiencia chilena dependía el camino de las revoluciones armadas. A Estados Unidos eso poco le importó. No estaba dispuesto a transigir. Montó todo para arrebatarle la presidencia.

Dos hechos avalan la intolerancia estadounidense. Durante la quinta sesión plenaria del Consejo Interamericano Económico y Social de la OEA, celebraba en Punta del Este, Uruguay en agosto de 1961, Allende estuvo presente. El Che le confió que había sido invitado a visitar en secreto Artentina por el presidente civil Arturo Frondizi. El viaje se realizó y la consecuencia del encuentro privado pero evidentemente político fue el derrocamiento de Frondizi”, comenta Allende a Debray. Fue la primera represalia tomada por Estados Unidos ante la denuncia que hizo el Che, al augurar en Punta del Este, el futuro fracaso del proyecto de ayuda planteada por Kennedy. Después — Allende añade a su entrevistador— el presidente de Brasil, Janio Quadros, sería derribado por condecorar al Che a su paso por Brasil”. No había contemplación.

En 1954, Eisenhoweer, los hermanos Dulles y el director de la United Fruit Company, Sam Zemurray, se habían unido para asestar un Golpe de Estado al presidente Guatemalteco, Jacobo Árbenz. Estados Unidos ejercía con hostilidad su hegemonía sobre el patio trasero. Cuba era un lunar en el mapa que habían ideado para el continente americano. El golpe contra Salvador Allende coincidía con las decisiones políticas de sometimiento y aislamiento, preconizada por los mandatarios estadounidenses que se sucedieron en la presidencia durante las décadas de los cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado. Un amargo posicionamiento que indispuso a nuestros pueblos contra su política intervencionista. La propuesta de Joseph Ney —consejero de Obama— de usar el poder blando, sigue en marcha.

Los documentos desclasificados en noviembre 2020, evidencian el talante de Nixon. Su sentencia fue la de Jupiter tronante. Sin disimulo indicó que realizarán cualquier acción para destituirlo: “Si hay una forma de desbancar a Allende, mejor hazlo”. En el documento —Política hacia Chile— quedó sentada la política de Estados Unidos.  “Estados Unidos buscará maximizar las presiones sobre el Gobierno de Allende para evitar su consolidación y limitar su capacidad para implementar políticas contrarias a los intereses de Estados Unidos y del hemisferio”. Lo que para ellos constituía un secreto de Estado, era objeto de comentarios por diversas partes del mundo. Allende jamás tuvo tregua. No le dieron reposo, tenían que estrangularlo. Su resistencia fue total. Estados Unidos se colocó al frente de las acciones de Augusto Pinochet. Propició su muerte.

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