Nicaragua

Trump, AMLO y la doctrina Monroe

Durante la campaña electoral de Andrés Manuel López Obrador se especuló mucho sobre cuál sería la orientación de la política exterior mexicana con la llegada de la izquierda al poder. Un lugar común de aquellos pronósticos fue que el nuevo gobierno profundizaría el giro hacia América Latina que comenzó a insinuarse, lentamente, desde fines del sexenio de Felipe Calderón.

La agenda aislacionista de Donald Trump, su clara apuesta xenófoba y antimexicana y su rechazo a acuerdos comerciales como el Nafta y el tratado transpacífico parecieron dar la razón a quienes demandaban voltear la mirada al sur y diversificar las relaciones internacionales de México. Frente a unos Estados Unidos hostiles era preciso repartir mejor los intereses de México en el mundo, especialmente en la región Asia-Pacífico.

A dos años del triunfo de AMLO aquellas expectativas se disipan. Detrás de la polvareda retórica de ambos presidentes, los dos gobiernos se aplicaron a reformular el viejo acuerdo de libre comercio. Y lo lograron. No sólo eso, tras proyectar una política exterior indefinida u opaca, el presidente demostró, con el desinterés en foros internacionales de relevancia y la última visita a la Casa Blanca, que su mayor prioridad es la “integración económica” con Estados Unidos.

Aceptemos la premisa de que en la bizarra geopolítica del siglo XXI es posible sostener una buena relación con un gobierno racista y conservador en Estados Unidos y, a la vez, respaldar a gobiernos latinoamericanos de izquierda, de muy diverso signo, como el democrático de Alberto Fernández en Argentina o el autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela.

Recordemos que el presidente que ahora elogia desmedidamente a Trump fue el mismo que otorgó asilo político a Evo Morales y se opuso al golpe de Estado en Bolivia. El mismo que, tras equiparar a Trump con Washington y Lincoln y negar cualquier imposición u ofensa del mandatario norteamericano, podría perfectamente viajar a La Habana, en algún momento, y rendir honores a Fidel y Raúl Castro.

Sin embargo, con el reciente viaje a la Casa Blanca y, especialmente, con su alocución en el jardín de las rosas, López Obrador puede haber sentado un precedente discursivo y conceptual que generará tensiones con las izquierdas latinoamericanas. AMLO no sólo negó que Trump haya sido impositivo y despótico con los mexicanos, mexicoamericanos, centroamericanos y migrantes. También aseguró que, en su política exterior, el presidente de Estados Unidos no se guiaba por la “doctrina Monroe” sino por los principios de Washington y Lincoln.

Sugería AMLO que, después de Washington, Lincoln y Roosevelt, era Trump el presidente que rescataba los valores del respeto a la soberanía de las naciones y la autodeterminación de los pueblos. Dicho de otra manera, hasta Barack Obama la política de Estados Unidos había estado regida por la doctrina Monroe. Con Trump se volvía a los ideales de los padres fundadores. Al concluir su discurso, Trump no pudo menos que exclamar: “that’s fantastic”.

La analogía histórica, como tantas otras de las que abusa el presidente en su oratoria, es errónea, puesto que confunde el documento de 1823 de J. Q. Adams con el monroísmo o sus corolarios expansionistas a fines del siglo XIX y principios del XX. Pero las apelaciones a la doctrina Monroe no empezaron con López Obrador sino con el propio Trump y su primer Secretario de Estado, Rex Tillerson.

Tillerson usó la doctrina Monroe para denunciar las ambiciones de China y Rusia en América Latina. Trump echó mano del mismo tópico en la ONU el año pasado, y el canciller ruso, Serguei Lavrov, no pierde oportunidad de esgrimirlo para criticar las sanciones contra Cuba y Venezuela. Ahora AMLO lo hace en un sentido muy favorable a Trump: niega toda pretensión hegemónica de Estados Unidos en México y llama a relanzar la región de América del Norte frente a rivales como China y Rusia.

Texto original publicado en La Razón

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