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Chile

La Haya: la oportunidad para Piñera de lograr el “efecto 33”

El Gobierno no vive un buen momento. Todas las encuestas que circulan comprueban que sus cifras de aprobación han tomado una clara tendencia a la baja, mucho más prematuro de lo que en La Moneda esperaban. La queja principal que se escucha entre sus partidarios es que los errores no forzados han influido de manera importante en esta caída –torpes intervenciones de ministros, ajuste de gabinete teñido por Mauricio Rojas, ambigüedades para abordar el tema de DDHH en un mes crítico–, así como las contradictorias cifras económicas, lo que en términos simples –lo advierto, de manera que Melnick no me acuse de no saber nada en la materia– significa que el desempleo ha alcanzado una cifra récord, mientras el Imacec sube y baja. Por cierto, la ola de despidos masivos ocurridos en varias empresas, también ha influido en que la percepción de que vamos por un buen camino como país –según Cadem–, haya caído más de 23 puntos desde marzo a la fecha. Hoy, Sebastián Piñera tiene exactamente la misma evaluación que Michelle Bachelet iniciando el sexto mes de Gobierno: la desaprobación supera a la aprobación por un punto.

A lo anterior se suma el hecho de que recién el Ejecutivo está entrando a batallar en el Congreso por aprobar sus llamados “proyectos estructurales”. Y, claro, el ensayo con el salario mínimo no fue muy alentador. Por su parte, la oposición ya está dando las primeras señales de vida, lo que augura que el debate en torno a las reformas Tributaria, de Pensiones y Laboral, no será fácil.

Con un poco alentador escenario político llegan Piñera y su Gobierno a enfrentar el fallo de La Haya dentro de una semana. Una inesperada oportunidad para intentar salir jugando de contragolpe, dominar la agenda, pero especialmente, cambiar un estado de ánimo ciudadano con tintes depresivos. En otras palabras, buscar el “efecto 33”, ese único momento en que alcanzó 60% de aprobación. Sin embargo, a diferencia de esa especie de epopeya de eficiencia –objetivo que quería transmitir Piñera I–, el manejo del fallo requerirá de una buena puesta en escena comunicacional, pero especialmente de una gestión política impecable, el mayor déficit que ha tenido el Gobierno hasta ahora.

La Moneda debe ser capaz de poner las fichas de manera adecuada, sin caer en la tentación de abusar de este evento. Su oportunidad precisamente está en eso. Demostrar capacidad de convocatoria, transversalidad y conducción. En la previa, el diseño parece ir en el sentido correcto. Con un canciller cumpliendo un rol político-comunicacional que lo instaló de contraparte del Presidente Boliviano, protegiendo así la imagen del Mandatario chileno. Sin duda, Ampuero corrió el límite del lenguaje diplomático para entrar en el área chica, pero sin ser agresivo. Tanto es así que trató de “amnésico” a Evo Morales y lo acusó de utilizar este caso para fines electorales. Esto desató la ira de Diego Pary, su par altiplánico. Punto para Ampuero.

Además del uso de un relato más audaz, el ministro de Relaciones Exteriores ha dado muestras de buen manejo político. Las declaraciones más subidas de tono las dio “escoltado” por los últimos cancilleres, casi todos de la ex Nueva Mayoría. También logró que Ricardo Lagos Weber encendiera la mecha por el lado del mundo socialista, al señalar que Morales ya no era un interlocutor válido. La cita fue inmediatamente posterior al encuentro entre ambos. Otro punto para Ampuero, ya que parte de la estrategia comunicacional pareciera buscar enviar señales al mundo político boliviano: mientras esté Evo Morales al frente de ese país, la posibilidad de buscar un acercamiento es nula.  

Por otra parte, La Moneda ha invitado a analizar los escenarios que pueden darse el 1 de octubre a los presidentes del Congreso, de las Comisiones de RREE –incluido Pablo Vidal del Frente Amplio–, a los ex mandatarios –Bachelet debe excluirse por el cargo que ocupa en la ONU– Frei y Lagos y a los presidentes de los partidos. De esta forma, el Ejecutivo apuesta por lograr una posición común, pero también de tender nuevos puentes para abrir espacios de diálogo y confianza que les sirvan en la tramitación legislativa que se iniciará la próxima semana.

Sea cual sea el fallo, en el Gobierno tienen claro que la señal que se entregará será de unidad nacional y que insistirá en que aquí la soberanía no está en cuestionamiento. Algo que parece fácil en teoría, pero que conlleva el desafió de lograr alinear a la mayoría del espectro político en torno a un relato simple, emotivo, pero que no deje espacios para los extremos. Por un lado, los que quisieran salirse del pacto de Bogotá de inmediato y exacerben el nacionalismo –JA Kast de seguro– o aquellos que reprocharán que Chile ha sido mezquino. La principal duda es cómo se moverán algunos partidos y grupos de izquierda más cercanos a la posición de Evo Morales, entre ellos, varios del Frente Amplio –Florcita Motuda se ha declarado abiertamente a favor de una salida al mar para Bolivia–, ME-O y otros.

Es un hecho que el fallo constituirá solo un punto de partida para una nueva etapa, incluso en las opciones más extremas: que se deseche completamente la demanda o se indique la obligación de negociar entregando una opinión sobre el resultado esperado de ese proceso. De ahí la importancia de un manejo comunicacional que le permita al Gobierno instalar un desafío de Estado, de búsqueda de consensos. Este camino va a ser largo, por eso requiere de un cambio de tono obligado y también de discurso: “Todos los problemas que tenemos hoy son de responsabilidad de la administración pasada”, ya no sirve para adelante. Y, por supuesto, de disciplina de los partidos que lo respaldan, situación que hasta hoy no ha ocurrido. Esta oportunidad de mostrar habilidad y capacidad de gestión política es tal vez la última opción que tendrá el Ejecutivo este año. En 2019 ya entraremos en período electoral y la oposición estará focalizada en eso también.

Pero si hay un riesgo para Piñera, este se llama Sebastián Piñera. Ya sabemos que el Presidente partió este segundo período con un diseño muy distinto al de 2010. Dejó la contingencia, bajó sus decibeles, aprendió a guardar silencio y se reservó para los grandes eventos. Sus intervenciones estaban muy acotadas –a eso que llaman “la imagen de Estado”– y los ministros debían dar la cara frente a los problemas. Pero eso se fue desdibujando en la medida que sus secretarios de Estado metían la pata una y otra vez.

Hoy, Sebastián Piñera está más cerca de su primera versión. La personalidad del Mandatario es su peor amenaza, porque, así como –según versiones de la época– insistió en bajar en la cápsula Fénix por los primeros mineros atrapados, hoy debería evitar intentar proyectar la imagen que pareciera ser el legado buscado: “el mejor Presidente de la historia”. Ese sería su error fatal. Y, claro, también Cecilia Morel deberá estar atenta, igual como lo hizo en la gira posterior al rescate, para advertirle que debía guardar el “papelito”. Si no, el “efecto 33” será efímero, logrando un repunte de corto plazo, pero sin cambiar la tendencia actual.

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