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Chile
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Mamá no te invité (a mi última cena)

“Están siempre detrás de uno, apoyando”. Esas fueron las palabras con las que el nuevo obispo auxiliar de Santiago, Carlos Irarrázabal, trató de alabar el rol de las mujeres en la Iglesia Católica. “Detrás” y “apoyando”, palabras clave. A confesión de parte…

Lamentablemente, las declaraciones del nuevo obispo representan el sentir de muchos sacerdotes y laicos católicos. Y me importa, porque aún la Iglesia Católica tiene una gran influencia en Chile. Y porque creo que en ningún ámbito, credo o ideología, las mujeres deben estar limitadas o condenadas a un rol secundario. Porque me gustaría que una niña católica pudiera soñar con ser Papa, así como las pequeñas ciudadanas hoy saben que pueden ser presidentas.

Claro, luego viene la clásica explicación de que el rol de las mujeres en el catolicismo es tan relevante, que la importancia de lo mariano, etcétera… un largo etcétera. Pero no es verdad: en la Iglesia Católica las mujeres no pueden ser sacerdotes y, por lo tanto, no tienen igualdad de derechos con los hombres y no acceden a las estructuras de poder.

Más insólito es lo que el obispo Irarrázabal agregó: “Quizás a ellas mismas les gusta estar en la trastienda, puede ser…”. Absurdo, no es que a todas les guste, es que a ninguna le queda otra que aceptar que hay áreas vedadas. ¿O acaso Irarrázabal cree que hay algo en la genética de una mujer católica que la hace diferente de las anglicanas que sí pueden ser ordenadas y llegar al mismo puesto en que él ha sido nombrado?

En la entrevista que concedió a CNN el nuevo obispo auxiliar siguió: “Jesucristo nos marcó ciertas pautas y si queremos ser la iglesia de Jesucristo tenemos que ser fieles a Jesucristo… es cierto que en la última cena no había ninguna mujer sentada en la mesa y eso es algo que tenemos que respetar también“. Sucede que para los católicos, en la última cena se instituyó la eucaristía y el sacerdocio.

¿Por qué el obispo defiende que una religión que se supone busca la justicia, que dice valorar la dignidad de todos los seres humanos, no trate como iguales en derechos a las mujeres? Indigna, además, que le parezca tan natural.

Igual, es discutible lo que dice Irarrázabal, incluso dentro de su lógica. Si la última cena ocurrió, nadie puede asegurar quién estuvo ahí y quién no. El primer evangelio, el de Marcos (escrito, obvio, por un hombre), se redactó medio siglo después de la fecha que se ha fijado para la muerte de Jesús. Y como señala la teóloga Soledad del Villar, el haber escrito una nómina con personas que estaban presentes, no implica que otros, y sobre todo otras más, no estuvieran ahí.

A mí, por pura lógica, no me suena factible que si Jesús creía que iba a morir no haya invitado a su mamá y a sus amigas a su última comida. “Mamá no te invité”. No, definitivamente no. Más bien me suena a excusa masculina para seguir conservando el poder de áreas exclusivas, porque vetar el sacerdocio a la mitad de la población católica no es un dogma de fe en esta religión: es fruto de una tradición histórica que, además, según algunos teólogos e historiadores, no fue siempre así. Es una muestra más del machismo contra el que por siglos han tenido que luchar las mujeres. Y, por eso, esto importa más allá de lo que dicte una religión: no debe haber credos que validen la discriminación.

¿Por qué el obispo defiende que una religión que se supone busca la justicia, que dice valorar la dignidad de todos los seres humanos, no trate como iguales en derechos a las mujeres? Indigna, además, que le parezca tan natural.

Además, las cosas no siempre fueron así al interior de catolicismo. Hubo discípulos y discípulas (si me permiten la licencia, dado que discípulo es una palabra griega que no tiene género). Está comprobado que también hubo diaconisas. Incluso, varios teólogos e historiadores, como Phyllis Zagano, aseguran que en los primeros siglos de esta religión se ordenaron mujeres para el sacerdocio, lo que constaría en inscripciones de tumbas y mosaicos y por el hecho de que se dictaron cánones (leyes que surgen tras un concilio) advirtiendo que no se debía ordenar a mujeres.

Como en otros ámbitos donde las mujeres son discriminadas, en la Iglesia Católica son muchas las que ya están hartas. Y se rebelan contra esta injusticia que las relega a roles secundarios. Roles necesarios, pero molestos cuando son impuestos y no elegidos.

A tanto ha llegado la indignación, que en 2007 obispos alemanes ordenaron como sacerdotes en el río Danubio a siete mujeres. El entonces papa Benedicto XVI dictó un canon nuevo que excomulgaba a quienes ordenaran a mujeres o a las que fueran ordenadas. Ese movimiento alternativo no se ha detenido y actualmente hay mujeres que ejercen el sacerdocio en Alemania, Sudáfrica, Austria, Canadá y Estados Unidos. Se llama Roman Catolic Women Priest (RCWP).

Pero, cuidado, el obispo auxiliar de Santiago nos advirtió: Ayúdenme a que nadie se sienta segregado, pero cuidado con entrar en una dinámica confrontacional… otra cosa es que queramos hacer luchar al hombre, hacer un gallito, quién es más. Somos iguales y a la vez distintos”.

 Triste, aunque no nuevo, es que se intente igualar la búsqueda de la igualdad de derechos con el conflicto. Lo único verdaderamente violento y conflictivo es saber que, porque naciste mujer, hay cosas que otros deciden que no puedes hacer.

Los símbolos importan en cada una de las áreas de la vida pública o privada. Y el panorama en la Iglesia Católica para las mujeres aún deja mucho que desear. Que el Papa Francisco establezca una comisión para estudiar la posibilidad de que las mujeres vuelvan a ser diaconisas es caminar a paso de tortuga y sabiendo que hasta eso enfrenta resistencias.

De hecho, el propio Francisco opinó acerca del sacerdocio femenino: “Sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica, la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece”. O sea, un portazo. Porque en 1994 Juan Pablo II dijo: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. No piensen, no cuestionen, asunto cerrado.

Pero, ni ésta ni ninguna discriminación o injusticia está cerrada. En pleno siglo XXI, cuando ya no hay quienes creen que no tenemos alma, cuando ya no nos niegan el derecho al voto, cuando ya no hay filósofos y teólogos que nos definan como inferiores (o al menos no se atreven a decirlo en público), cuando se apagaron las hogueras en las que nos quemaban por brujas (aunque arden otras), me pregunto: ¿qué rol por definición a las mujeres se nos niega? Aparte de ser cura, muy pocos.

Francamente, me da igual quién estuvo y quién no en la última cena, quién se sentó o no a esa mesa. Lo que considero inaceptable es que siglos después sigan dejando a las mujeres bajo la mesa del sacerdocio.

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